lunes, marzo 26, 2007

Del maquillaje y la mentira


“El fascista se movilizará contra la libertad política,
precisamente porque sabe que ésta no faltará nunca a la postre y en serio,
sino que está ahí, irremediablemente, en la sustancia misma de la vida europea,
y que en ella se recaerá siempre que la verdad haga falta, a la hora de la seriedad.”



La rebelión de las masas.
J. Ortega y Gasset



Siempre he creído que la especie humana, por estar hecha de las lógicas de lo vivo, justamente por habitar en ese característico espacio-tiempo de lo humano, está orientada espontáneamente hacia la verdad. Por necesidad y por placer construimos mundos posibles desde nuestra finita capacidad de explorar lo que parece ser la realidad. Porque la orientación a la verdad es también una característica de lo vivo y especialmente de lo humano. Por coherencia con nuestra circunstancia, aquello que nos rodea y que nos permite seguir siendo seres históricos en pura latencia con el mundo, y que el mundo siga siendo mundo. Desvelamos la superficie de lo que permanece oculto manteniendo rigurosamente la coherencia con el medio, lo normativo. Y es que todo parece materializarse en la novela infinita del drama eterno entre cosmos –orden, armonía, vida- y caos –desorden, guerra, muerte-, iniciada justo con la aparición del espacio-tiempo en la gran creación del universo producida por el Big Bang.

Justo ahora que empezamos a entender la relatividad del espacio-tiempo, nos damos cuenta de que hemos perdido la perspectiva, el punto de vista, por vivir en la aceleración de lo instantáneo. La interactividad es alcanzar la velocidad de la luz modificando la percepción de los posibles mundos vivibles. Second Life no deja de ser una superficialidad de lo que se manifiesta como la posibilidad de vivir experiencias espaciotemporales en otras realidades.

Claro que esta espontánea orientación hacia la verdad convive en los tiempos veloces de la reproductibilidad técnica de la misma vida, y a la vez también de la misma guerra. Tiempos de clonaciones, de pérdida del aura de lo original, de copias low-cost. De guerras pre-programadas a distancia que envían órdenes binarias a sistemas de misiles intercontinentales, dirigidos por chips construidos para las videoconsolas Play-Station y que sirven también al mercado del ocio de la distracción. Sistemas asépticos, automatismos que ya no necesitan ninguna habilidad humana, ninguna habilidad militar, para desencadenar el caos repetidas veces.

Ortega y Gasset pensaba que al inventarse el coche, el martillo, la herramienta, estamos construyendo a la vez la estructura hombre-coche, hombre-martillo, hombre-herramienta. La instantaneidad, el hombre-interactivo, es la posibilidad de estar en distintos espacios al mismo tiempo y en distintos tiempos permaneciendo siempre en el mismo espacio. La sofisticada tecnología que constantemente nos solicita, nos persuade, nos fragmenta la experiencia, también la empobrece. La curiosidad de que en el interface del iPod no exista el botón de stop, nos debería hacer reflexionar sobre el uso que hacemos del mundo, de la vida, porque los usos definen costumbres y a la vez los significados que adquieren las cosas y las palabras que las nombran.

Son tiempos de maquillajes y mentiras. De accidentes, daños colaterales, y defensas preventivas. Imperios mediáticos que a fuerza de reproducir la falsa noticia se creen que escriben la historia. Los apoderados de la inmediatez de los demás. Tiempos de Varsovia(s) repetidas en Faluya(s) y en donde el conocimiento sirve para alejarse de la verdad y dejarse llevar por la hybris y por el odio de la ambición. El mismo conocimiento que no ha dejado de experimentar métodos sistemáticos de torturar lo humano para producir lo infra-humano.

Pero desde la superficie vislumbramos lo profundo, en el detalle y sus métodos descubrimos las intenciones. Y es justamente en los maquillados gulags de nuestro siglo donde la tortura se materializa claramente en la corrupción del sistema perceptivo del preso mediante sofisticadas técnicas físicas, psíquicas y culturales, que luego servirán también para modificar la percepción del consumidor y su relación con la verdad.

La trasgresión de lo percibido, la modificación del sentir, la construcción virtual que aloja la vida, se han vuelto técnicas mercantiles que producen valores y creencias, experiencias veladoras que pretenden conservar los privilegios producidos por unos métodos, unos detalles, que favorecen la concentración de poder.

En mi circunstancia, la España del siglo XXI, los que concentran el poder en las mismas manos de siempre, los que ahora sujetan la Constitución por la fuerza aunque no la votaron, los que no quieren oír hablar de memoria histórica ni de hacer justicia con los que defendieron la legitimidad democrática, los mismos que secundaron por interés la contrarrevolución de los neocons estadounidenses e invadieron Irak de mentiras y muerte, siguen maquillando sus discursos hasta el punto de parecerles hermoso, alegre y bonito lo que no lo es. Lo que no puede serlo nunca. Esas fueron las consideraciones estéticas de los dirigentes políticos de nuestra derecha pre-democrática al referirse a la manifestación de sus masas desorientadas al servicio de una calculada escenografía de exaltación, fotografiada, filmada y distribuida, con el único fin de seguir modificando la percepción de la realidad de sus acólitos. Justo el día antes de la conmemoración de la tragedia del 11-M. Pero, ¿dónde está Europa?




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